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La medicina me hace vivir y eL canto me hace vibrar

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"La medicina me hace vivir y eL canto me hace vibrar"

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La medicina me hace vivir y eL canto me hace vibrar

La vida es una poesía cuando se mira con ojos de poeta”, liptus, coligues y cortezas de pino, que tallaba hasta darle forma dice el Dr. Renato Rebolledo al contar que desde siempre de botecitos. Así creció hasta el momento en que entró a la escribe en verso. Universidad de Concepción, el año 1977.
Son poemas a los que después de aprender guitarra, a “Siempre quise estudiar medicina”, asegura. “Allí se me abrió el 

los 13 años, ha convertido en canciones, que suele entonar en mundo, me dediqué de lleno. Además, participé en el tradicional 

momentos de conexión plena con la naturaleza, especialmente en su parcela de Paine, a la cual se arranca cada vez que puede, luego de su demandante trabajo como rinólogo-cirujano plásti- co nasal. 

Y al Dr. Rebolledo le encanta recordar sus tiempos de niño. “Soy de Lota, a mucha honra”, cuenta con su expresiva sonrisa. “Después de Lota nos fuimos a San Pedro de la Paz, vivíamos al lado de la laguna del mismo nombre, rodeada de cerros y bos- ques donde iba muy a menudo, a pensar”.
Echó raíces en ese ambiente campestre, lleno de boldos, eucaforo de El Campanil, de fuerte tradición política, pero que en esos años mutó para sobrevivir como escenario de expresión musical y artística Universitaria”.

“Política cantada”, define el Dr. Rebolledo, “en años muy com- plejos que me seguían formando como ser humano total. Sin olvidar que a mí me marcó Lota, con mineros generosos que al terminar su jornada regalaban su pan a los niños y luego San Pedro de la Paz, que me unió para siempre a la naturaleza”. –Con tantos sueños en la mochila, ¿cómo fue su aterrizaje en el mundo del trabajo? 

–Fue en mi querida Florida, un pueblo rural de la Octava Región, de 17 mil habitantes, donde fui médico general de zona y seis años director del hospital. Un trabajo fantástico, donde creé la Cruz Roja ¡y organicé sus festivales de la canción! 

–¿Y cómo llegó a Santiago? 

–Llegué a hacer mi especialidad de tres años en otorrino, en la Universidad de Chile, a caballo y con un canasto de huevos... El choque fue fuerte, acá sobrevivían los que gritaban más fuerte y la humildad era sinónimo de mediocridad. Me di cuenta de que debía hacerme notar, y que para vivir bien tenía que irme muy bien en mi carrera. Eso significaba desarrollar una personalidad tipo argentina, segura, autosuficiente, había que hacer un giro en 180 grados lo que implicaba también hacer gala de haber estudiado con los mejores”, explica. 

“Me formé en Buenos Aires con el padre de la rinología latinoa- mericana, el Dr. Rubén de Luca, argentino, quien me estimaba de forma especial. El operaba narices en vivo y explicaba al audito- rio esta cirugía. Yo heredé el sistema, que seguí haciendo duran- te muchos años, en Chile, Uruguay, Ecuador, Bolivia y México y otras ciudades latinoamericanas. Me perfeccioné con el mejor cirujano de nariz que he visto hasta hoy, José Jury, y vaya que he visto hartos...”. 

Asegura que la pasión que siente por su profesión es igual a la pasión que le provoca escribir poesía y cantar junto a su guitarra.
“La medicina me hace vivir y el canto me hace vibrar... Digamos que aprendí a hacer ‘marketing académico’, lo que significa demostrar a la comunidad científica que haces bien las cosas, que puedes presentar trabajos de investigación en congresos de la especialidad, que estás en condiciones de crear técnicas qui- rúrgicas. En suma, que uno sabe lo que está practicando”. 

–¿Ha tenido éxito en lo médico y en lo económico? 

–Tanto disfruto de las cirugías que al hacerlo soy el hombre más feliz del mundo... y más encima me pagan. Te voy a contar una anécdota: un día fui a comprar una guitarra y me fijé en que el vendedor tenía una nariz realmente poco estética. Le pregunte: “¿Nunca has pensado en operarte?”. Me dijo que no tenía dinero para hacerlo y me despedí dejándole mi tarjeta. A los seis meses llegó a mi consulta, diciéndome que pensó que la tarjeta era “chanta”... Finalmente lo operé y le cambió la vida, me invitó a su matrimonio, ¡estaba tan agradecido! Ese momento vale más que cualquier dinero que me paguen. 

Más que la plata lo que le satisface, por ejemplo, es haber inver- tido recursos en su parcela de Paine, donde se reúne a menudo con sus 4 hijos (entre 23 y 2 años) en la que él llama “la granja de la abuela Pata”. Ahí construyó su casa y un gran jardín, tiene caballos, patos, gallinas y pavos reales. Por eso también ha acor- tado su agenda y ahora deja libres sus tardes de los viernes, más sábados y domingos. 

“Es como volver a ser del campo, aunque mi papá –‘huaso tal- quino’– siempre me dice: ‘Usted es un huaso falsificado’. Yo más bien creo que soy un vividor de la vida, pero de la vida sana...”. 

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